Memorial de la sangre

(...)sabían también de una certera puerta detrás de la cual, unhogar humilde encendía sus brasas de olmos, de robles, de pinos, y proyectaba un calorcito precario, porque las ramas no eran muchas, ya que solo los dueños de la tierra son los dueños de los bosques, y ellos juntaban la leña como podían, y la cargaban sobre sus espaldas que después, olían también a vegetal hermosura de radiante antigüedad.
Al entrar, dejaban sus suecos, sus zapatones, sus gorras, en la vecindad del fuego.
Y allí se sentaban silenciosos, pensativos, mirando la brujeía de las llamas.
Las pequeñas danzarinas rojas.
El abusivo chisporroteo que el hombre haía descubierto miles de años antes, cuando desamparado y solo, frotó dos piedras a la búsqueda de lo que serviría para alumbrar, cocinar los alimentos, combatir el invierno, ahuyentar las fieras, socorrer el cuerpo tan inerme y exigido a la vez.
Era la hora también de los salmos.
De la rabia.
De las imprecaciones.
Los dioses habían huído seguramente.
Solo quedaban esas vagas, imprecisas formas que se recortaban en las paredes al ritmo vertiginoso de la luz y dela sombra.