Doradas y violentas pertenencias

VII

El amor llegaba, a veces, arrasante.
Volcánico.
Despeñado.
Fuego, de piel a piel.
De boca a boca.
Era como la furia de las tempestades en las que, inevitablemente, naufragábamos los dos.
Nada se podía contra ello.
Contra ese despertar entre abrasados mediodías.
Ese continuar las horas, ciegos y delirantes.
Calcinados hasta los huesos, resplandecíamos en los veranos nocturnos, como diamantes de obscuro origen.
De equívoca tonalidad.
Eran las orgías del vino.
De un inefable vino arcaico.
Tumultuoso.
Soleado.
Encendedor de campanas.
Fundador de trópicos.
Nos volvíamos pura sed.
Puro hambre.
Puro grito.
Caíamos en abismos donde la quemazón aguardaba fiel.
Donde el tiempo desertaba.
Donde los maleficios salvajes imponían sus leyes.
Olvidábamos sus nombres.
La atmósfera circundante.
El sabor de la melancolía.
Las diademas del llanto.
Sólo prevalecía, fastuosa y violenta, la arrogancia.
Las lenguas exigentes.
El temblor de los sexos.
La pasión terrible, devastadora y desgarradora.
Un viento demoledor podía, tal vez, invadir una pequeñísima parcela de la pared.
Pero ello no era más que el pretexto para agitar la hoguera, en la que cavábamos tan hondo y tan alto, que nos convertíamos en dioses insolentes.
Gozadores.
Lúdicos.
Desmesurados.
Y caníbales.

XXV

Sin embrago, madre, algún día entenderás que cantar es bueno.
Y que reír es bueno.
Y que soltarse como un pájaro en la noche, es más bueno todavía.
Y que es bueno todo aquello que hacemos con la fresca espontaneidad de los limpios de corazón.
Que jugar con un niño, pequeño, inédito, asombrado, es una fiesta.
Que tener un amigo adolescente o joven, o viejo, pero amigo, es un privilegio del sentimiento.
Que transgredir los relojes, desbaratar los almanaques, improvisar el día, consagrar la noche, es una manera de ganar la eternidad en un instante.
La única eternidad posible.
Que hablar, hablarse, dejar volar la palabra sin preanuncios, sin solemnidad, sin autocensura, sin ángulos de sombra que la perturben, sola así, libre así,  alta así, es bueno.
Tan bueno!.
Algún día comprenderás, que siempre los de abajo son infinitamente mejores que los de arriba.
Que los hombres que se visten de madrugada y faena, que se alhajan de soles y de lluvias, que viven en los ranchos o en las villas miserias, que se mueren en los hospitales o en la calle, son mucho, pero mucho más buenos que los más buenos de los otro.
Que ellos quieren ser sencillamente felices.
Con una tosca, conmovedora felicidad.
Por el aspirar a serlo, es una obligación humana.
Una convocatoria de la vida.
Después, no sé qué decir.
Qué decirte.
Sólo que tengo miedo.
Mucho miedo de que algo tan claro, tan claro, tan palpitante, te llegue demasiado tarde.
O acaso, no te llegue nunca.