Una muchacha al desnudo

XVII

Me gustan los pinos.
Los pinos altos. Musicales. Oscuros.
Una vez estuve bajo uno que además de ser alto, oscuro y musical, era famoso.
El pino de Fuentepiñas.
El lírico pino de un poeta y su burro, allá en una aldea silenciosa, borracha de cal, con una Calle Nueva...
Y otra Calle de las Flores...
Y otra Calle de las Fuentes...
Y muchos Plateros suaves y peludos.
Y muchos chiquillos sueltos.
Y muchas bodegas fantasmales donde el mosto de la vida cae ahora en soleras de olvido.
Como él, como el melancólico de Moguer, estuve yo sentada bajo el pino de Fuentepiñas entre cuyas raíces duerme el manso animalito de la elegía andaluza.
Como él, tenía entonces un libro entre las manos , y juntaba pequeñas flores del campo amarillas y blancas.
Ahora estoy bajo un pino americano.
En una siesta americana violenta de sol.
De fuerza vegetal.
De cielo azul y desparramado.
También me tiendo a su sombra.
Pero aquí no hay burritos bajo sus ramas ni libros entre mis manos.
Hay, en cambio, una pollera que me ciñe y una blusa de seda mórbida y reveladora.
A mi lado, un hombre.
Y son las manos de ese hombre las que empiezan a trepar por mis piernas.
Son las manos de ese hombre las que tactan, reclaman, ascienden.
Yo empiezo a sentir temblores en la sangre.
Me vuelvo toda una cuerda tensa, vibrante, dócil.
Toda yo me vuelvo obediencia ciega a las manos que andan y andan el largo, sensible camino de mi piel. Manos y hombre se vuelcan sobre mí.
Yo miro sus ojos tan cerca...
Y más allá de sus ojos miro el límite del árbol y todo el color del aire y toda la luz desnuda.
Y pienso: Qué bueno es ser joven!
Y dejarse amar! Y amar!
Que bueno que haya pinos en el mundo!
Unos altos, obscuros, musicales pinos a cuya sombra puedan leerse versos como en Fuentepiñas, o echar al aire el grito de la sangre como la olorosa vecindad del pino americano.