Nací en pleno barrio de Once de la ciudad de Buenos Aires, en el departamento Nº 21 del edificio de la calle Alsina 3039.
Hija de Rosa Oliosi y de Francisco Florentino Soba, argentinos ambos, soy nieta de abuelos inmigrantes, italianos por un lado y españoles por otro.
¿Estudios?
Primarios, por supuesto y secundarios hasta recibirme de Maestra Normal Nacional.
¿Trabajos?
La docencia en todas sus escalas.
La militancia cívica.
El reconocimiento del mundo a través de infinitos y nada comunes viajes y lecturas, lecturas y más lecturas.
Amar, luchar, gozar, edificar casa y sueños, amistades profundas y deliciosas, visitar los fierreros de mi pueblo, dado que me he ocupado de crear esculturas hechas con chatarra agrícola.
Visitar remates de ocasión y tantas otras cosas que me conmueven.
¿Otros trabajos sensacionales?
Saludar a los vecinos.
Andar descalza por las calles de mi pueblo, que si no lo he dicho antes, les digo ahora que es el más bello del mundo, que se llama Saladillo, que está rodeado de arroyos y cereales en medio de la llanura bonaerense.
¿Otras actividades?
Coleccionar las musicales hojas del otoño.
No visitar nunca los cementerios.
Adorar la rosa roja por sobre todas las demás.
Volverme memoriosa a cada instante y guardar la muñeca que me regalaron de niña.
Y aquí termina mi ficha personal.
Todo lo demás es literatura.
Literatura que duele, que golpea, que se desangra, que se compromete, que vuela, que se vuelve cofre de belleza, metáfora audaz, camino de reflexión, asunto de pelea.
Nacida herida, como todo artista, golpeada por la visión de un mundo dramático e injusto, mantengo permanentemente mis convicciones, mi espíritu de lucha, mis tozudas esperanzas.
Comparto con el poeta cuando dice que: “En la casa de la poesía no permanece nada que no haya sido escrito con la sangre para ser escuchado con la sangre”.
Perseguida muchas veces, celebrada muchas más, participo permanentemente de la ancha y profunda alegría de vivir.
Me escudo en ella y ella me protege como el escudo de los antiguos guerreros.
Por lo demás confieso que acabo de nacer.
Y que no moriré nunca.

Susana Esther Soba

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